Bobby says no thank you

Perhaps they expected him to appear smoking. Or with no hat. Or with a hat, that he would take off to shake his curls. Or wearing black Wayfarer Ray Bans covering his eyes. Or with a metal structure hanging from his head, holding his harmonica right in front of his lips.

Perhaps they expected him to help himself with a walking stick. Or not to walk at all, and just sit. Or cough. Or be late.

Perhaps the London Royal Albert Hall asked himself if he would get in using the subterranean entrance, the one made for the Queen. The one that, walls whisper, was once used by Winston Churchill.

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Sólo Kurt

Es raro que cualquier festival repita nombres de su cartel de un año para otro. Sin embargo, el Festival Internacional de Jazz de Barcelona lo hizo en esta edición, tirando del guitarrista americano Kurt Rosenwinkel para que volviera el miércoles 18 de noviembre a la ciudad, que como cada otoño se viste de jazz. Y no hay duda de que acertó, y es que del concierto del año pasado con la Orquestra Jazz de Matosinhos no hay en esta nueva edición ni tan sólo un eco.

Quiere llegar el frío a Barcelona. Pero todavía no es el momento. En su lugar, llega el Festival de Jazz, que se dispersa en locales de toda la ciudad del 26 de septiembre al 11 de diciembre. El Internacional que apadrina año tras año la cerveza Voll Damm (siempre hay cerveza de por medio cuando se habla de jazz) repite este año con un nombre de una talla tan grande que parece cosa de magia que aparezca de nuevo en el cartel.

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El repte de traslladar l’essència

El Cafè dels Quatre Gats veia, allà pels voltants del 1980, com es forjava una idea d’allò més atractiva. Entre taules, cadires, gots i soroll d’espuma de cervesa el Pipa Club de Barcelona treia el nas. Passarien encara uns mesos fins que es posés en marxa l’emblemàtic local, i per a que comencés a forjar-s’hi el mite al voltant.

Però com va néixer el Pipa és una altra història.

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Bobby no dice gracias

Quizá esperaban que apareciese fumando. O que no llevara sombrero. O que sí llevara sombrero, y se lo quitase para sacudirse los rizos. O que unas Ray Ban Wayfarer negras azabache le cubriesen las arrugas de los ojos. O que un mamotreto de metal conectado a su guitarra le sostuviera una armónica delante de los labios.

O que llevara bastón. O que estuviese sentado. O que tosiera. O que llegara tarde.

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La droga sin nombre

Se cae un mapa al suelo justo antes de que se cierre la puerta del tren. La mujer que lo sostenía se agacha rápidamente para recogerlo, y se pone a observarlo detenidamente una vez más. Lo tiene al revés. Al cabo de dos segundos se da cuenta, y le da la vuelta. Lleva unos pantalones cortos, unas sandalias de suela ancha y una camiseta de manga corta. De su mochila cuelga un jersey, por si acaso. Aquí nunca se sabe.

El tren avanza, saliendo de la estación. Parece un jardín botánico, con el techo en bóveda acristalada, esqueleto de aluminio, columnas vertebrales en forma de vigas gris oscuro. Los trenes son rojos y amarillos. Un amarillo feo, sin embargo, en la parte central de los vagones.

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Yo susurro, Riley B. King

Hace frío. Es invierno. 1949. En un salón de baile de Twist, en Arkansas, un joven negro de 24 años manosea una guitarra Gibson acústica. Hace tanto frío que han encendido un barril medio lleno de queroseno, a modo de chimenea, para calentar el ambiente. Para que los pies de los potenciales bailarines, helados, bailen.

De repente dos hombres se pelean. Puñetazo. Patada. Salto. Caída. Golpean el barril. El queroseno cae. El suelo arde. La gente corre. Evacuación.

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Woody Guthrie está en la tierra

“Van a sacar un libro así que me pidieron que escribiera algo sobre Woody… Eh… Qué significa Woody Guthrie para ti, en veinticinco palabras… Y… No pude hacerlo, escribí cinco páginas. Y… Lo tengo aquí, es… Lo tengo aquí… por accidente de hecho, pero… Me gustaría decirlo en voz alta así que… Si podéis aguantar con esto de aquí, se llama Last Thoughts on Woody Guthrie (Últimos pensamientos sobre Woody Guthrie) Eh…”

Arranca inmediatamente después del “eh”, casi sin dejar espacio para coger aire. Era un 12 de abril de 1963 y el Town Hall de Nueva York estaba lleno. Lleno a rebosar y cuando Bob Dylan empezó a recitar el poema que sólo leería en público aquella vez, parecía que la sala estuviera repleta de estatuas y no de personas que respiraban.

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