“Estoy preparado para morir”

“Mira”, dijo. “Mira entre la basura y las flores”.

“Hay héroes en las algas”.

Y entonces, la belleza. Y la pregunta. Una, dos y tres, y ochenta preguntas. Él sonríe. Le brillan los ojos. Carga con una bondad infinita, se le ve, allí, en la punta de las pestañas, en la comisura de los labios.

Arrugas en la cara. Como si la tuviera llena de grietas.

Arrugas como grietas.

Y le brilla el rostro. Casi insoportable, la luz. Pura, blanca. Pero de aquel blanco que lleva todos los colores, allí en el fondo de su corazón. Una luz que se derramaba, iluminando habitaciones, escenarios, cuevas y parques verdes de lilas.

Parques donde Marianne “se aferró a él como si fuera un crucifijo”. Con la tranquilidad que le debía provocar el saberse caminando al lado de su mensajero.

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