“I am ready to die”

“Look”, he said, “look among the garbage and the flowers”

“There are heroes in the seaweed”.

And then, beauty. And the question. One, two, three and eighty questions. He smiles. His eyes shine. He carries an infinite kindness. You can see it, there, on the tip of his eyelashes, on the corner of his mouth.

Wrinkles on his face. As if full of cracks.

Wrinkles like cracks.

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“Estoy preparado para morir”

“Mira”, dijo. “Mira entre la basura y las flores”.

“Hay héroes en las algas”.

Y entonces, la belleza. Y la pregunta. Una, dos y tres, y ochenta preguntas. Él sonríe. Le brillan los ojos. Carga con una bondad infinita, se le ve, allí, en la punta de las pestañas, en la comisura de los labios.

Arrugas en la cara. Como si la tuviera llena de grietas.

Arrugas como grietas.

Y le brilla el rostro. Casi insoportable, la luz. Pura, blanca. Pero de aquel blanco que lleva todos los colores, allí en el fondo de su corazón. Una luz que se derramaba, iluminando habitaciones, escenarios, cuevas y parques verdes de lilas.

Parques donde Marianne “se aferró a él como si fuera un crucifijo”. Con la tranquilidad que le debía provocar el saberse caminando al lado de su mensajero.

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Bobby says no thank you

Perhaps they expected him to appear smoking. Or with no hat. Or with a hat, that he would take off to shake his curls. Or wearing black Wayfarer Ray Bans covering his eyes. Or with a metal structure hanging from his head, holding his harmonica right in front of his lips.

Perhaps they expected him to help himself with a walking stick. Or not to walk at all, and just sit. Or cough. Or be late.

Perhaps the London Royal Albert Hall asked himself if he would get in using the subterranean entrance, the one made for the Queen. The one that, walls whisper, was once used by Winston Churchill.

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Bobby no dice gracias

Quizá esperaban que apareciese fumando. O que no llevara sombrero. O que sí llevara sombrero, y se lo quitase para sacudirse los rizos. O que unas Ray Ban Wayfarer negras azabache le cubriesen las arrugas de los ojos. O que un mamotreto de metal conectado a su guitarra le sostuviera una armónica delante de los labios.

O que llevara bastón. O que estuviese sentado. O que tosiera. O que llegara tarde.

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Woody Guthrie está en la tierra

“Van a sacar un libro así que me pidieron que escribiera algo sobre Woody… Eh… Qué significa Woody Guthrie para ti, en veinticinco palabras… Y… No pude hacerlo, escribí cinco páginas. Y… Lo tengo aquí, es… Lo tengo aquí… por accidente de hecho, pero… Me gustaría decirlo en voz alta así que… Si podéis aguantar con esto de aquí, se llama Last Thoughts on Woody Guthrie (Últimos pensamientos sobre Woody Guthrie) Eh…”

Arranca inmediatamente después del “eh”, casi sin dejar espacio para coger aire. Era un 12 de abril de 1963 y el Town Hall de Nueva York estaba lleno. Lleno a rebosar y cuando Bob Dylan empezó a recitar el poema que sólo leería en público aquella vez, parecía que la sala estuviera repleta de estatuas y no de personas que respiraban.

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Por qué la MTV Unplugged de 1994 es la mejor versión de Knocking

Bob Dylan tenía 53 años. Llevaba una camisa de lunares blancos, unos pantalones negros y una americana del mismo color. Tenía rizos, pero menos que antes, cuando aceleraba los corazones de las jovenzuelas que se quedaron prendadas de su mirada perdida. En los Sony Music Studios de un frío 18 de noviembre neoyorkino había poca luz, pero él llevaba sus eternas Ray-Ban Wayfarer, también azabaches.

Tonos azulados. Un par de focos divididos en varios haces blancos creaban el fondo del cuadro. Frunce el ceño y levanta los labios. Se apoya ligeramente en el taburete que tiene detrás de sí, tan poco, tan poco que parece que ni se sienta. De hecho, se levanta pronto. Toca un poco encorvado. Se acerca al micrófono enseñando los colmillos, como si lo amenazara. Entonces suelta la primera frase:

Mama take this badge of off me

Alarga las primeras vocales de todas las palabras. Todavía no ha terminado “badge” cuando los primeros silbidos emergen desde el fondo oscuro de la sala. Se llena progresiva, ascendentemente, de un murmullo de satisfacción, de emoción. La alegría, los vítores, los aplausos que asoman el hocico para no sobrepasar en decibelios se mezclan con los acordes de la guitarra. Rasgan las cuerdas y mecen la voz del hombre que preside el escenario.

I can’t use it any more

Callan los ojos ávidos y los oídos llorosos. Sólo hay sitio para Dylan y su guitarra. Y las pinceladas de su vecina que lo acompaña.

It’s getting dark, too dark to see
And I feel like I’m knocking on heaven’s door

Alarga la última “o”, la suaviza al final, la envuelve con los acordes de la guitarra y entonces, mientras el público contiene la respiración, la pronuncia:

Knock knock knocking on heaven’s door

Las primeras tres palabras suaves, las segundas tres desgarran. Sube al tono que usaba antes. Pausa. Guitarra. Y de nuevo:

Knock knock knocking on heaven’s door

Ahora toda la frase la canta, arrastrándola, al mismo nivel que dijo antes la última parte del verso.

Knock knock
Knocking on heaven’s door

Just like
So many times

before

Las o’s largas, temblorosas, sinuosas. Y entonces, mientras termina la última, flexiona las rodillas, sonríe, aprieta la guitarra, la segunda lo sigue y entra la batería, de la mano del teclado, relevando a la pandereta y esa voz, la voz que hizo decir a Jimi Hendrix “si él canta, yo también”, arranca un “mama” del fondo de sus entrañas:

Mama wipe the blood out of my face I just can’t see through it any more

Frunce el ceño. Alarga la “o”, se aleja del micro. Deja que esa distancia se coma la “r”.

Got a lone black feeling and it’s hard to trace

Borbotea la última “a”. Levanta el labio superior, agudiza esas arrugas en la frente, enseña los dientes. Parece un perro rabioso. Y escupe un feel sentido, corto y directo.

And I feel like
I’m knocking on heaven’s door

Estallido del conjunto instrumental. Y llama a la puerta. Y llama. Y llama.

Knock knock knocking on Heaven’s door

Knock knock Knocking on Heaven’s door

Knock knock knocking on Heaven’s door

Just like

Respira rápido. Entrecorta.

So many

Alarga la m, se la come.

Times before

Eterna “o” alejándose del micro…

Se balancea, explotan los demás instrumentos, bajan el volumen. Y llega la armónica. Suena rasgada. Titilante. Afónica y gastada. Embiste el aire. Contiene la respiración el público. Una batería constante y un teclado. Sopla, sopla, se balancea, levanta la cabeza. Ruge el público cuesta arriba y embiste el micrófono ese “mama” demoledor:

Mama lay my guns on the ground

Siguen los vítores. Las palmas. Los silbidos.

I just can’t fire them

Disminuye la voz, baja la cabeza.

Any more
That long black train is coming on down
Cierra la u del final. Se balancea, sigue frunciendo el ceño. No se sabe dónde mira.

And I feel like I’m knocking on Heaven’s door

Y convierte la “o” del final en casi una “a”. Abre la boca. Ladea la cabeza. Enseña los dientes. Suben la potencia los demás. El batería acomete contra los tambores. Mueve la melena. Teclado en tono épico. Alarga las notas. Sube la temperatura de la sala.

Knock knock Knocking on Heaven’s door

Knock knock Knocking on Heaven’s door

Knock knock knocking on Heaven’s door

Se ladea de nuevo. Sigue abriendo la boca. Se le arrugan las comisuras. ¿Estará cerrando los ojos?

Just like
So many times Before

Tontea con la “o”. La balancea, la lanza al aire. La hace subir y bajar. La recoge una “r” difusa, soñolienta y lejana, que viene de lejos. Del fondo del estómago. Está casi devorada. Es casi una “a”, con imaginación. Va levantando la cabeza.

Suben y bajan las guitarras como las rodillas de los dos hombres que las acarician. Se balancea el contrabajo. Espacio para la melodía principal que susurra desde la de Dylan. Es sonriente y entra dentro fácilmente.

Él se levanta, se aleja del micro y del taburete. Sonríe también. Ralentiza. Sigue. Camina hacia atrás. Baila. Ralentiza de nuevo. Mira hacia atrás.

Uno. Dos. Tres.

Se da la vuelta. Abre la boca. Mira al batería que está atacando los platillos. Levanta la guitarra y…

…fin.

Sólo rugidos. Silbidos. Se acerca al micro, mueve la mano. Se da la vuelta, da unos pasos, se rasca la nuca. Y lo engulle el negro.