The sax with the Mona Lisa smile

Mette Henriette Martedatter Rølvåg was sitting in a concert in Oslo. Next to her, Manfred Eicher, founder of the German record Label ECM. They started chatting. Next thing on the timeline is Mette Henriette debuting with a double-CD album under ECM’s wing.

 The Norwegian saxophonist’s career has escalated quickly, and her debut album as a leader saxophonist sounds like nothing else around it. Elegant and soft, powerful within its delicacy, it shouts directly to the bowels and she succeeds in creating a personality that is reaffirmed by her live performances. During the third day of this years edition of the Jazzfest Berlin, Henriette shares stage with a whole new formation, presented in world premiere: Henrik Nørstebø on trombone, Lavik Larsen on trumpet, Johan Lindvall on piano, Andreas Rokseth on bandoneón, Odd Hannsidal and Karin Hellqvist on violins, Bendik Foss on viola, Gregor Riddell on cello, Per Zanussi on double bass and saw and Dag Erik Knedal Andersen on drums. On Thursday the 3rd of November, at 8pm, after Julia Hülsmann’s Quartet, the light changes.

 

Ignitable, robust, powerful, raw, harsh, stripped, fresh, pointy, strong, hefty, delicate, intimate, talkative, legendary, magical, epic, ancestral, traditional, glacial, soft, meditative, controlled, curious, focused, carrying, invisible.

Invisible.

Yet it travels on the skin.

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When silence speaks (in blue)

The last day of the 53rd edition of the JazzFest Berlin, and after the journey one large dish is served on a sunny Sunday afternoon: the Karl Wilhelm Gedächnis Kirche hosts an interesting dialogue between organ and trumpet. Alexander Hawkins and Wadada Leo Smith present in this solemn environment their ‘Blue Meditation’ piece. As only a warning, the director of the festival Richard Williams, quotes Wadada, stating this is going to be “music with the breath of life”.

Murmuration.

Light is blue. Shining, powerful and bright blue. Cerulean, turquoise, cyan. It penetrates the millions of small square glasses that cover the walls of the Memorial. It comes into the big hall and illuminates the floating dust. Traveling until it hits a reflecting surface.

The most solemn journey, as it dies, hitting the big, golden sculpture of Christ that hangs. Flying, towards at the front of the church, right on the altar, flying right on the big golden cross.

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La droga sin nombre

Se cae un mapa al suelo justo antes de que se cierre la puerta del tren. La mujer que lo sostenía se agacha rápidamente para recogerlo, y se pone a observarlo detenidamente una vez más. Lo tiene al revés. Al cabo de dos segundos se da cuenta, y le da la vuelta. Lleva unos pantalones cortos, unas sandalias de suela ancha y una camiseta de manga corta. De su mochila cuelga un jersey, por si acaso. Aquí nunca se sabe.

El tren avanza, saliendo de la estación. Parece un jardín botánico, con el techo en bóveda acristalada, esqueleto de aluminio, columnas vertebrales en forma de vigas gris oscuro. Los trenes son rojos y amarillos. Un amarillo feo, sin embargo, en la parte central de los vagones.

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The drug with no name

A map hits the ground right before the train door closes. The woman who was holding it crouches quickly to pick it up, and starts staring intensely at it. The map is upside down. A few seconds afterwards, she realizes, and turns it around. She’s wearing shorts, thick-soled sandals and a short-sleeved t-shirt. She’s tied a brown jumpsuit to her backpack, just in case. You never know around here.

The train advances, leaving the station behind. It looks like a botanic garden, with that high glass dome ceiling, aluminium skeleton, dark grey beams like spines. The trains are red and yellow. An ugly yellow, however, staining the middle of the carriages.

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Der Wohnwagen: atreverse a vivir

Es un local anclado entre dos bloques de pisos barceloneses, en el corazón de Gràcia. La Sala Beckett se esconde tras unas puertas negras, nada pesadas. Unos escalones, un bar, tonos verdosos, un par de mesas, sillas de armadura de hierro y asiento de plástico. La entrada al espectáculo se lleva a cabo por una puerta a la derecha, un tanto camuflada. Nos piden la entrada, un papelito blanco. La taquilla es invertida: primero vemos, luego decidimos cuánto dinero merece.

Decían Max Grosse y Rémi Pradère que si bien teniendo en mente Revolutionary Road, de Sam Mendes, aquello ni era Hollywood ni eran los 60. Así que en el escenario, cinco focos de luz, cinco espacios: una barra, dos mesas, una butaca y un árbol. Bienvenidos a Ca’n Uwe.

Hay seis actores sobre el suelo negro. Estáticos. Pasan cosas. Los focos se iluminan de golpe, ciegan al público, suena un estruendo de guitarras, batería y demás instrumentos y empiezan a pelearse. Todo tan real, todo tan repentino. Todo tan agresivo, tan inesperado, tan milimetradamente improvisado.

Cambio de música. Se para el tiempo, ralentizados los actores. Einen letzten Kuss. Un último beso. Y sin embargo es el primero.

El teatro berlinés Volksbühne am Rosa-Luxemburg-Platz tiene un proyecto pedagógico llamado P14. Vanessa Unzalu-Troya es la coordinadora del mismo, un espacio de teatro joven dedicado a todo aquel mayor de 14 años que quiera hacer al teatro. Max Grosse y Rémi Pradère forman parte del mismo, han participado en varios de sus proyectos y llegado el momento, decidieron desmarcarse y hacer su propio teatro. Vanessa dijo sí, y este es el resultado.

El hilo conductor de la obra dirigida por Pradère y escrita a dos manos con Grosse es el amor. Un amor de ahora, un amor de bar, cercado por copas de whisky, rosas pisoteadas, tablets de tamaños descomunales y gotas de saliva. Es un drama que va más allá del entrelazarse de los protagonistas, es una reflexión en voz alta, y cada detalle está pensado y muy bien pensado.

Ella sabe bailar, tiene unos preciosos ojos claros, viste de blanco y un sombrero negro. Es fina. Él viste de negro, lleva una coleta y unos zapatos blancos. Són Marlene Knobloch y Max Grosse, y se enamoran pero que muy bien.

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Emocionante, vibrante, ¿pasteloso al principio, quizá? No lo creo. Las primeras miradas son traicioneras, aparece Marie Rozoum con su cesta de rosas rojas, nace una cosa indescriptible, Marlene y Max se cambian de mesa y Fanny Wehner, vestida de negro y rojo, se levanta, grita, maldice. También ella es preciosa, tiene un rostro dulce, pero una mirada helada, punzante. Lleva guantes negros y tacones. Resuenan sus pasos como lo hace su voz, como lo hace su risa. Es mala.

Se va descubriendo a los personajes poco a poco, a ritmo de frase en alemán y subtítulo proyectado en el fondo negro de la sala. Bendito subtítulo: salvada así maravillosamente la barrera de la lengua, que podría parecer infranqueable. El alemán es una lengua agresiva, violenta, dura como lo es La roulotte (Der Wohnwagen). Un teatro pasional poco común. Es la plasmación de los sentimientos más instintivos, representados a través de rostros jóvenes cuya interpretación es perfecta. És vivir (wohnen) y atrevirse (wagen).

Se diferencia el carácter de cada uno a cada paso. Marie Rozoum es dulce, un tanto débil, un tanto humo, un tanto montaña rusa. Calla, luego lamenta, luego habla sobre el amor a través de la metáfora del gris. Del negro. Del blanco. Del negro que viste Grosse. Del blanco que viste Knobloch.

Uwe (Julius Brauer) es el dueño del bar. Tiene tatuajes de rotulador, una melena rubia y unas gafas negras. Está loco. Y qué locura tan bien hecha: se le ha caído una botella al suelo, se ha roto, y nadie se percata de que algo fue mal y eso no estaba previsto. Pero es un poco más tarde cuando el espectador, amenizado por unos subtítulos que ya no traducen las palabras dichas en la dura lengua germánica, sabrá hasta qué punto llegan las dotes de improvisación de este joven lánguido y de apariencia frágil.

Sublime también David Thibaut, con su doble personalidad sobre el escenario, criticando el hipster post-moderno a través de casi un esperpento, y luego gritando y gruñendo y arrastrando las palabras como los pies mientras lleva unos cuernos rojos entre sus rizos. Eualiptus.

La escenografía de Katharina Grosch, el vestuario de Franziska Schmittlein y la iluminación de Leander Hagen son la armonía perfecta en la Sala Beckett este frío sábado en Barcelona. Cambios de luz, focos dirigidos. A veces a Fanny Wehner sólo se le ven los labios rojos y la nariz aguda… Y mientras tanto, la barra, el árbol, la butaca, las mesas. Conjunto perfecto para dibujar una parte de la sociedad. La joven, la que baila, la que regala rosas e invita a cafés. Cuando no es muy caro. Berlín y Barcelona en paralelismo a través de la traducción de Grosse de los subtítulos.

Entonces los focos se dirigen de nuevo al público. Lo ciegan. Suena ese estruendo del principio y todos se pelean. Aprovechan bien el espacio. Caen al suelo. Se levantan. Escupen. Se para el tiempo.

Einen letzter Kuss. Ein zweiter letzter Kuss. Ein dritten letzter Kuss.

 Y negro.

Este artículo se publicó originalmente en la revista cultural El Corso.