“Estoy preparado para morir”

“Mira”, dijo. “Mira entre la basura y las flores”.

“Hay héroes en las algas”.

Y entonces, la belleza. Y la pregunta. Una, dos y tres, y ochenta preguntas. Él sonríe. Le brillan los ojos. Carga con una bondad infinita, se le ve, allí, en la punta de las pestañas, en la comisura de los labios.

Arrugas en la cara. Como si la tuviera llena de grietas.

Arrugas como grietas.

Y le brilla el rostro. Casi insoportable, la luz. Pura, blanca. Pero de aquel blanco que lleva todos los colores, allí en el fondo de su corazón. Una luz que se derramaba, iluminando habitaciones, escenarios, cuevas y parques verdes de lilas.

Parques donde Marianne “se aferró a él como si fuera un crucifijo”. Con la tranquilidad que le debía provocar el saberse caminando al lado de su mensajero.

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Retrato de una manzana

Qué es el imposible. Aquí no hay nada que no puedas hacer. Aquí el hombre que caminó entre torres y bruma, acunado por las nubes y los gritos y los soplos de aire inspirado y arrestado en el pecho de los observadores, en suspense y suspensión, allá abajo en el suelo. La jungla de cemento, de cristal y cristales y piedras preciosas y polvo en los rincones y en la parte posterior de los semáforos.

Un calor insoportable sube desde el asfalto, escala las paredes, se cuela en las rendijas de las ventanas y en el trozo de cremallera que no funciona del bolso de la mujer de azul. Sube y sube y rodea los cuerpos y los hace sudar sin parar, en permanente ducha. En permanente lucha.

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Sólo Kurt

Es raro que cualquier festival repita nombres de su cartel de un año para otro. Sin embargo, el Festival Internacional de Jazz de Barcelona lo hizo en esta edición, tirando del guitarrista americano Kurt Rosenwinkel para que volviera el miércoles 18 de noviembre a la ciudad, que como cada otoño se viste de jazz. Y no hay duda de que acertó, y es que del concierto del año pasado con la Orquestra Jazz de Matosinhos no hay en esta nueva edición ni tan sólo un eco.

Quiere llegar el frío a Barcelona. Pero todavía no es el momento. En su lugar, llega el Festival de Jazz, que se dispersa en locales de toda la ciudad del 26 de septiembre al 11 de diciembre. El Internacional que apadrina año tras año la cerveza Voll Damm (siempre hay cerveza de por medio cuando se habla de jazz) repite este año con un nombre de una talla tan grande que parece cosa de magia que aparezca de nuevo en el cartel.

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Bobby no dice gracias

Quizá esperaban que apareciese fumando. O que no llevara sombrero. O que sí llevara sombrero, y se lo quitase para sacudirse los rizos. O que unas Ray Ban Wayfarer negras azabache le cubriesen las arrugas de los ojos. O que un mamotreto de metal conectado a su guitarra le sostuviera una armónica delante de los labios.

O que llevara bastón. O que estuviese sentado. O que tosiera. O que llegara tarde.

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La droga sin nombre

Se cae un mapa al suelo justo antes de que se cierre la puerta del tren. La mujer que lo sostenía se agacha rápidamente para recogerlo, y se pone a observarlo detenidamente una vez más. Lo tiene al revés. Al cabo de dos segundos se da cuenta, y le da la vuelta. Lleva unos pantalones cortos, unas sandalias de suela ancha y una camiseta de manga corta. De su mochila cuelga un jersey, por si acaso. Aquí nunca se sabe.

El tren avanza, saliendo de la estación. Parece un jardín botánico, con el techo en bóveda acristalada, esqueleto de aluminio, columnas vertebrales en forma de vigas gris oscuro. Los trenes son rojos y amarillos. Un amarillo feo, sin embargo, en la parte central de los vagones.

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Yo susurro, Riley B. King

Hace frío. Es invierno. 1949. En un salón de baile de Twist, en Arkansas, un joven negro de 24 años manosea una guitarra Gibson acústica. Hace tanto frío que han encendido un barril medio lleno de queroseno, a modo de chimenea, para calentar el ambiente. Para que los pies de los potenciales bailarines, helados, bailen.

De repente dos hombres se pelean. Puñetazo. Patada. Salto. Caída. Golpean el barril. El queroseno cae. El suelo arde. La gente corre. Evacuación.

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Woody Guthrie está en la tierra

“Van a sacar un libro así que me pidieron que escribiera algo sobre Woody… Eh… Qué significa Woody Guthrie para ti, en veinticinco palabras… Y… No pude hacerlo, escribí cinco páginas. Y… Lo tengo aquí, es… Lo tengo aquí… por accidente de hecho, pero… Me gustaría decirlo en voz alta así que… Si podéis aguantar con esto de aquí, se llama Last Thoughts on Woody Guthrie (Últimos pensamientos sobre Woody Guthrie) Eh…”

Arranca inmediatamente después del “eh”, casi sin dejar espacio para coger aire. Era un 12 de abril de 1963 y el Town Hall de Nueva York estaba lleno. Lleno a rebosar y cuando Bob Dylan empezó a recitar el poema que sólo leería en público aquella vez, parecía que la sala estuviera repleta de estatuas y no de personas que respiraban.

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