Sólo Kurt

Es raro que cualquier festival repita nombres de su cartel de un año para otro. Sin embargo, el Festival Internacional de Jazz de Barcelona lo hizo en esta edición, tirando del guitarrista americano Kurt Rosenwinkel para que volviera el miércoles 18 de noviembre a la ciudad, que como cada otoño se viste de jazz. Y no hay duda de que acertó, y es que del concierto del año pasado con la Orquestra Jazz de Matosinhos no hay en esta nueva edición ni tan sólo un eco.

Quiere llegar el frío a Barcelona. Pero todavía no es el momento. En su lugar, llega el Festival de Jazz, que se dispersa en locales de toda la ciudad del 26 de septiembre al 11 de diciembre. El Internacional que apadrina año tras año la cerveza Voll Damm (siempre hay cerveza de por medio cuando se habla de jazz) repite este año con un nombre de una talla tan grande que parece cosa de magia que aparezca de nuevo en el cartel.

Kurt Rosenwinkel viene volando desde Berlín, donde es profesor en el The Jazz Institute. Esta vez, al contrario que el año pasado, el guitarrista de Filadelfia aparece sobre el escenario de la Sala 2 de L’Auditori de Barcelona solo. O quizá no tanto. Le acompañan su guitarra y un montón de equipos. Amplificadores, sintetizadores, mezcladores. Un teclado, un iPad por atril, la manzana iluminada de su MacBook sobre la mesa, enterrada en cables.

Una puesta en escena un tanto especial. ¿Mística? Todos sus cacharros electrónicos forman un círculo alrededor de una silla, por ahora vacía. Una especie de altar de ritual pagano en el medio de un claro de bosque. Las luces azules ultramar que se proyectan desde la cabina de escenografía alimentan ese estado de trance en el que se ha convertido la espera.

Entra vestido con unos pantalones anchos, unas zapatillas de cordones negras, una camisa clara. Aplausos rabiosos. Sonríe. Qué buenas vibraciones. Mira la guitarra. Pasa la mano por encima. Ella habla y él… también. La acompaña, canta con ella. Bajito, casi imperceptible, casi como si fuese un tic. Pero el micro delata el intimismo de ese canto personal y no pensado para el público. Y sorprendentemente la proyección de ese cántico, ese murmullo suave y tierno suena espectacular.

La voz unida al llanto de su guitarra viene del giro que Rosenwinkel dio a su producción artística después de una crisis, allá por la mitad de su carrera. Se sentía desconectado de la música y decidió darle la vuelta a lo que hacía. Cambió la afinación de su guitarra y empezó a poner su voz encima de la guitarra. De aquello saldría Zhivago, en el álbum The Next Step, que se convertiría en uno de los más aclamados de su carrera.

¿Debe de ser que así se sentía más él?

Desde luego lo parece. Se podría oler, quizá. Y a eso cabe sumarle la iluminación sublime, acertadísima, cambiante tras cada tema, tan propia de L’Auditori.

Aquella voz a ras de tierra, junto a la guitarra y junto a los juegos de ecos, repeticiones, reverberaciones. Se prolongan las conversaciones entre sintetizadores, amplificadores, teclado. Pasan los minutos, las horas, y Rosenwinkel encadena ‘Imaginary Friend’, ‘State of the heart’, la belleza fea de Thelonious Monk en su ‘Ugly Beauty’.

Los dedos van rápidos, hay un nivel de técnica altísimo. No hay estrés. Ahora toca una melodía inicial. Toquecito al iPad y… sorpresa, las notas se repiten. Y siguen. Y siguen. Y él empieza a tocar encima. Lleva cinco temas (larguísimos, dicho sea de paso) y ni por asomo está cansado pues mientras con una mano continúa haciendo gemir a su guitarra, con la otra acaricia el teclado. Deja repitiéndose los aullidos de este último y vuelve, con toda su concentración, a las cuerdas de una guitarra que se afina sola.

Y así sigue, moviendo las manos como tentáculos del teclado al iPad del iPad al teclado del teclado a las cuerdas de las cuerdas al iPad y así. Se balancea un poco. Se pone de pie. Cierra los ojos. Tiene un tic que hace que se le muevan muchísimo las cejas. Pero al principio, cuando todavía no ha habido tiempo para reaccionar, esos movimientos nerviosos engañan y parece, aunque sea por poco tiempo, que se mueve toda su frente al son de los acordes que teje.

Un concierto que nada tiene que ver con el Rosenwinkel que toca de la mano de su banda, el Rosenwinkel que estuvo ya en la edición pasada del Festival Internacional de Jazz de Barcelona y que llenó la sala Barts de Barcelona tocando rabiosamente con su Orquesta Jazz de Matosinhos.

Se acaba el concierto. Se va, y los aplausos lo arrastran de nuevo al escenario. Antes de tocar, antes de coger siquiera la guitarra de nuevo, habla sobre los atentados del 13 de noviembre en París. Habla de un amigo pianista que tiene allí, y reproduce una conversación:

 

-Man, this world is crazy. (Tío, este mundo está loco)

-I know, I know… It’s terrible. (Lo sé, lo sé… Es terrible)

-What can we do? (¿Qué podemos hacer?)

-Well mate… I guess play well! (Bueno, tío… ¡Supongo que tocar bien!)

 

Quizá Kurt tendrá que buscarse otra cosa que hacer para arreglar el mundo, porque lo de tocar bien ya lo hace. Y muy bien además.

 

 

Este artículo se publicó originalmente en la revista cultural El Corso.

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