La grande decadenza

 

Un grito estridente. Cegador. Penetrante cual aguijón. De fondo, la base de una canción de discoteca. Bum, bum, bum, bum. La mujer que grita se aparta, con sus labios pintarrajeados y su lacia melena negruzca.

Luces, colores, movimientos seseantes. Una cámara chasquea el flash. Mujeres. Unos mariachis superponen su música al altavoz que escupe las notas electrónicas. No lo consiguen durante mucho rato. Una gogó con un vestido corto. Cubierta de brillantes. Pelo negro. Vestido negro. Ojos negros. Mirada perdida. Un hombre al pie del podium lanza hacia ella piropos viciosos. Se relame los labios y haciéndolo moja su minúsculo bigotito esnob.

Varios planos. La fiesta se retrata desde varios puntos. Todos ellos muestran un mar de cuerpos danzantes. Manos arriba, párpados caídos, gotas de alcohol, humo de cigarrillo, tacones, americanas, faldas cortas. Pelo y sudor.

Mujeres. Muchas mujeres. No sonríen. Miran al infinito. Mueven sus cuerpos al son de la repetitiva canción. Ah ah ah ah, a far l’amore comincia tu. Y beben. Y bailan. Agitan sus traseros embutidos en vestidos de una talla menos, sus muñecas repletas de brazaletes pesados como un camión, cierran sus ojos cubiertos de pintura cual cuadro de Velázquez.

Piernas que suben y bajan como muelles. Más brazos al aire. Vestidos estrafalarios. Luces rosadas, azuladas, pervertidas, perversas. Caladas, sorbos, tragos. Más movimientos seseantes. Una enana con unos pendientes del tamaño de un rinoceronte.

Un hombre gordo se mueve como si padeciera un ataque epiléptico. Dos mujeres se restriegan contra un hombre lánguido de pelo despeinado. Sonríen, agitan la cabeza. Se frotan contra él.

 

Risas. Suspiros sugerentes y subidos de tono. Arrastrando el aire. Movimientos de cadera agresivos y vibrantes. Mujeres de avanzada edad que mueven los hombros como bajo una descarga eléctrica. Jóvenes de treinta y tantos que menean los traseros y las delanteras unas contra otras. Coletas. Melenas sueltas. Señores y pervertidos con miradas lascivas y americanas mojadas de alcohol.

Una mujer cargada de perlas se limita a asentir levemente con la cabeza. Ese es su baile. Un señor abre la boca y pestañea como si… váyase a saber qué. Y mientras los mariachis aparecen de nuevo con su melodía de ecos sud- americanos.

Tacones en mano agitados como banderas. La enana de los pendientes es lanzada al aire como si de una estrella del rock se tratara. Quizá es otro tipo de estrella. No sabe si gritar o reír y el sonido que acaba saliendo de su boca es algo a medio camino entre una carcajada y un chillido de pavor.

 

De repente, quietud. Una caja de cristal. Una mujer pelirroja y tatuada, ligera de ropa. Camina subida a unas plataformas moviendo unos enormes abanicos de plumas negras. Se desviste. Progresivamente. No hay nadie fuera que la esté mirando. Ella mira a través del cristal como si lo hubiera.

Una embarazada vestida con un pareo baila subida a un pódium acariciándose la tripa al aire, redonda. Sube y baja agitando sus entrañas. ¿Bailará también el bebé, o estará deseando irse a casa?

Joven trajeado y con melena mueve los brazos como si removiera una pócima mágica. A estas alturas considera que así baila bien. Mujer en sus cincuenta se vacía una copa encima. Salpica a su alrededor. Deliciosa ducha. Qué bien huele ahora.

Los hombres no llevan rosas en la boca. Llevan zapatos de tacón.

El hombre del bigotito esnob se ha apartado del pódium pero continúa mirando lascivamente a su ocupante. Esboza una media sonrisa. Se cree seductor.

Jadeos indecentes. Ojos cerrados, Hombres sin camisa. Chicas con chupa-chups. Corbatas como diademas. Labios rojos mal pintados. Perlas. Chiuauas en un bolso. Los mariachis pasan de nuevo. Alguien ha perdido el teléfono móvil.

Bum, bum, bum, bum. Mujer rubia. Mujer morena. Mujer de pelo rizado. Mujer de pelo liso. Bum, bum, bum, bum. Miran como si quisieran algo. Bum, bum, bum, bum. ¿Qué querrán?

La enana de los pendientes ya no baila. Ni la lanzan al cielo. Náufraga entre un mar de piernas, bebe con pajita de una copa de cristal. No sonríe. Está despeinada.

Alguien entra a hacer compañía a la mujer de los abanicos de plumas semidesnuda. Camina seseante. Hay dos hombres mirando. Se apoya contra el cristal. Se frota contra él.

Una mujer vestida de negro subida en alguna parte mueve los brazos como si fuera un profeta. O un ángel. O una cigüeña. La enana está sentada en el suelo, en la gravilla. Su cabeza descansa sobre una enorme lámpara.

Aparece un hombre de pelo blanco con un cigarrillo entre los dientes. Esmóquin negro, corbata negra, camisa blanca. Sonríe. Con el cigarrillo entre los dientes. Baila al son de la música. Auguri Jep. Gritos. Una mujer muchísimo más joven que él lo besa asquerosamente.

Y, de repente, La Colita.

Toda la terraza se mueve al son de la voz que canta en castellano, con acento sureño.

¿A dónde les gusta a las mujeres? Ahí, ahí
¿Y cómo que les hacen los hombres? Así, así…

Asqueroso, sugerente, reducción de todo deseo humano al instinto animal. Y una manada de animales consumidos bailando.

Pa’lante pa’lante Arriba arriba…

De pronto, lentitud. Se para el tiempo. Y Jep Gambardella, entre hombres y mujeres sudorosos y calientes, se enciende un cigarrillo. Sorbe. Cierra los ojos, se lo quita de la boca y escupe el humo por la boca.

*********

Sorrentino sabía muy bien lo que quería cuando decidió la estructura de esta escena. O quizá no. Sea como sea, el principio de La grande bellezza se convierte, mirado con perspectiva, en un retrato más que acertado de la decadencia social. El vivir de rentas. La carrera a contracorriente para no envejecer. La lucha del hombre por ser eterno. Por ser rebelde. Por ser fabuloso.

En un contexto de crisis como el actual, el mundo parece pararse, como el bailoteo se ralentiza para que Jep encienda su cigarrillo. Las personas buscan la ceguera. Viven drogadas, envenenadas de dinero y tentación. Deseo y salvajismo. El hombre masa del que hablaba Ortega y Gasset en su máxima expresión. En una fiesta en una terraza romana, por excelencia la ciudad eterna, y aun así la de las piedras que se caen y el declive respirable. Sonando Rafaella Carrá, ecos de una época de gloria si es que algún día la hubo.

Cantando far l’amore en la noche. Pero al cabo de unas horas amanece.

 

 

Este artículo se publicó originalmente en la revista Negratinta.

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