El pintor de notas

Decía The Economist que Alex Ross tiene “el extraordinario don de poner la música en palabras”. Y nada más simple que hacerse eco de la acogida de su primer libro para corroborarlo.

“The rest is noise” (cuya traducción al castellano es bastante curiosa, “El ruido eterno”) se situó rápidamente en las listas de los ejemplares más vendidos cuando salió a las librerías, allá en 2007.

La repercusión de la obra fue enorme, y Ross se enzarzó en un recopilatorio de ensayos que se convertiría en la secuela de su primera obra: “Escucha esto”. Una visión panorámica de la música, desde Mozart y Bach hasta Björk y Dylan. Huyendo de estereotipos, desafiando tópicos y lanzando ideas casi descabelladas, Ross dibuja, con una maestría impresionante, notas, pentagramas, náuseas y desmayos provocados por una misma causa: ese ruido que es la música.

Hablar en esta crítica de Ross no destaca por la inmediatez, pues hace ya tiempo que se han publicado ambas obras y no tiene mucho sentido, más allá del que uno mismo le quiera dar, el recuperarlas ahora al azar. En mi caso, Ross lleva un par de meses acompañándome en los momentos libres (que son pocos) y además, ayer empecé a ver Amadeus de Milos Forman, con su banda sonora cuidada y su retrato de la lujuria, tan dramático, tan espectacular.

Y me dio por pensar en la música, como símbolo. Como hilo conductor. De una vida. De una película. De un siglo. De un libro.

Alex Ross hace de la música (que él llama ruido, desde un punto de vista nada simplista) el eje vertebrador de “El Ruido Eterno”. Analiza en base a ello cien de los años más convulsos. El siglo XX aparece, pues, retratado con todo lujo de detalles y matices, que no sirven sino de bandeja para la disección de las obras que tejen, una tras otra, la banda sonora de este pasaje de la Humanidad.

Pero no me interesa ahora alabar la hazaña de Ross en el campo conceptual, pues evidentemente es sobrecogedora y digna de una admiración sincera, sino más bien escudriñar su manera de hablarnos.

Crítico musical del New Yorker desde 1996, Ross tiene un dominio de la materia que se desprende incluso, hablando gráficamente, del uso de las comas. Es interesante el equilibrio entre discurso divulgativo, precisión técnica y toque novelesco de que el estadounidense dota su opera prima, y ello permite, a su vez, envolver al lector sin que se sienta oprimido por un reguero de información complicada y densa.

Me interesa reiterar que se trata de una empresa complicada, y es que la música ha sido considerada en ocasiones un concepto casi elitista. Podría parecer una contradicción irresoluble describir con palabras las notas, y sin embargo Ross lo consigue. Y lo consigue con creces.

De hecho, me he interesado por esta vertiente de Ross y he analizado las relaciones de tres tipos de personas musicalmente diferentes con “El Ruido Eterno” para retratar precisamente este fenómeno.

En el caso de un músico de profesión, Ross se convierte en el as bajo la manga. El Ruido Eterno es una enciclopedia amena y recurrente, asequible y esclarecedora que se agradece tener a mano. Eso, si tienes conocimiento de la obra y sabes qué es y para qué puede servirte. Hay pasajes técnicos a lo largo de todo el libro, párrafos dedicados exclusivamente a acordes, compases, bajos, sostenidos, bemoles, cambios de ritmo, tonalidades. Y como todo lenguaje técnico, requiere una preparación previa para su comprensión.

Sin embargo, después de ese párrafo en el que Ross describe las vértebras de la Sexta de Mahler, el escritor esboza cómo reaccionaría el público: “Luego, salido de ninguna parte, un acorde de La menor en fortissimo provoca un estruendo como el de una puerta metálica que se cierra de golpe. Correctamente interpretado, este gesto debería hacer saltar de sus asientos a los oyentes desprevenidos.”

Comparaciones, metáforas, insinuaciones, regueros de adjetivos y una labor de contextualización de lo más cuidada permiten que otro tipo de lector disfrute de la obra. Se trata, en este caso, del amante de la música no músico. Para este pobre diablo los libros técnicos se convierten en una cumbre inalcanzable. Pero Ross enseña: primero explica, y luego traduce. Y músicos y no músicos quedan satisfechos.

Ahora bien, no acaba aquí el hechizo de esta obra. Existe el tercer caso: el del amante de los libros para quien la música no ocupa un lugar prioritario en su vida diaria. Si “El Ruido Eterno” cae en las manos de estas personas, las reacciones pueden ser, evidentemente, de lo más diversas. Sin embargo puede ocurrir que el libro les capture: la redacción es impecable; la estructura, impoluta; la documentación, indiscutible; y el lenguaje, bello y cuidado.

Y es que cualquiera que tropiece con Ross comprobará, a las dos líneas, su bagaje, y su capacidad forjada a golpe de pluma desde 1992, para hacer escuchar a sus lectores nada más y nada menos que el siglo XX.

 

Eivissa, diciembre 2014

 

 

Este artículo se publicó originalmente en la revista cultural El Corso.

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