Historia de ojos negros y larga melena

Se me ha caído el té. He puesto demasiada agua, no he calculado bien y se me ha caído el té porque soy tonta y he metido la bolsa cuando tenía el agua a ras de la taza. Pero bueno, suspiro, me digo que soy tonta y voy a buscar un trapo para secar la mesa mojada. “Menos mal que no se me ha ocurrido ponerlo cerca del ordenador”, pienso. Pienso que así me acordaré otro día de hasta dónde no tiene que llegar el agua en la calentadora, para que no se me caiga el té, para que no se me moje el escritorio, para que no tenga que ir a buscar un trapo y secar la mesa. Otra vez.
Decían que la paciencia era la madre de la ciencia. Pero yo he estado pensando mucho y desde mi ignorancia me atrevo a desafiar al refranero español, con toda su sabiduría incuestionable (y esto no es ironía de ninguna de las maneras) y decir que quizá podríamos adaptar esa frase y decir que también la experiencia es la madre de la ciencia. O vayamos, quizá, un poco más lejos, aventurémonos a decir que la experiencia es la madre de la vida. Vaya, qué cursi ha sonado eso. Déjemoslo en el aventurémonos a secas, quizá mejor.
Aventurémonos a seguir avanzando.
Porque dicen también que está perdido quien pretende vivir en el pasado, quien pretende que el pasado era mejor, quien suspira por unas vivencias que no forman parte del presente y está ciego, pues, porque desaprovecha durante todo ese tiempo todo su tiempo, el de ahora, el que cuenta.
Pero estaba yo hablando de la experiencia. Y decía que también es la madre de la ciencia. Y podríamos ampliar eso de ciencia y decir que la experiencia sería como una especie de máquina de esas apisonadoras que aplanan el camino y lo hacen más fácil y transitable. Es algo que va por delante de nosotros ayudándonos a visualizar mejor las piedras gordas con las que no tenemos que tropezar, porque son las que la máquina no ha dejado chafadas contra el suelo.
Porque la experiencia sabe que las piedras gordas nos harán meternos una leche del copón. Pero de las grandes. Porque claro, la experiencia ya se ha pegado una leche, sabe lo que es y las consecuencias que implicaría y entonces enciende una alarma, despliega una señal, abre una compuerta o cualquier otro tipo de recurso inteligente y rápido y nos dice “eh, tú, por aquí no pases. No pases porque ya te caíste una vez, no querrás volver a caerte.”
Esa experiencia, a nivel global, se llama Historia.
La Historia se nos cose al espíritu cual botón que se cae de una chaqueta, se nos agarra con fuerza a las venas y las arterias y sube poco a poco por las extremidades. Pero no la vemos, ni la notamos. No la percibimos ni sabemos reconocerla, la guardamos bajo llave y la regalamos, envuelta en papel de plata, en papel de regalo o en papel de Kleenex reciclado.
La Historia se convierte en nuestra experiencia inseparable, en nuestro Pepito Grillo. Si la conocemos.
No es sano no conocer la Historia. No tener una primera cita con ella. Mirarla a los ojos, o torcer la vista por vergüenza y sobrecogimiento con la profundidad de sus ojos negros azabache. Con el brillo de su larga melena o con la lucidez y delicadeza de su piel, que está sin embargo bien curtida. Es normal que nos cueste apreciar su belleza, ante tantos puntos donde mirar. Tantas cosas que observar y devorar, con la mirada y con el intelecto. Porque la Historia es deliciosa. Deliciosamente densa y pura, espantosamente pesada, inquietantemente extraordinaria y sorprendentemente interesante.
La Historia nos enseña, nos hace ver con otros ojos, después de aprender a ver como ella vio, vemos nosotros mejor y más claro. Aunque siempre nos quede alguna diotría. Estas diotrías son las impefecciones. Y la imperfección es humana.
Quién en su sano juicio daría la espalda a la Historia, tan bella y absorbente, tan ineludible. Quién no querría casarse con ella, hacer de su complejidad la esencia de una vida.
Pero no, no es aconsejable, ni correcto, ni sano, ni saludable anclarse en el pasado, ni hacer de las reliquias históricas un becerro de oro.
Porque dicen también que está perdido quien pretende vivir en el pasado, quien pretende que el pasado era mejor, quien suspira por unas vivencias que no forman parte del presente y está ciego, pues, porque desaprovecha durante todo ese tiempo todo su tiempo, el de ahora, el que cuenta.
Yo no sé de política, ni de Derecho (al menos de esto segundo no sé todavía excesivamente). Ni tampoco sé demasiado de Historia, ni mucho menos de la vida. Pero sé un poco de sentido común, y eso me enorgullece enormemente. Con toda la modestia del mundo, pero me enorgullece. Porque parece ser que el sentido común es el menos común de los sentidos.
No sé qué se traen entre manos los Gobiernos de este país, ni las Instituciones europeas, ni el mundo en general. No lo entiendo, y quizá no quiero entenderlo. Y se me puede culpar muy severamente, queriendo ser una potencial periodista, por decir esto útlimo que acabo de decir. Pero la cuestión no es qué hacen, sino cómo se atreven a hacer lo que hacen.
Se ríen en nuestra cara y ¿qué hacemos nosotros, quejarnos? Un momento, por favor, necesito respirar. No acabo de entender nada de lo que está pasando. No, no es que no lo entienda. Es que no hay cabeza ni cerebro que en sus cabales sea capaz de interiorizar tal grado de estupidez del que se hace gala en este país.
Venía yo diciendo, al principio de esta larguísima disertación que hace rato ya que se me fue de las manos, que se me ha caído el té porque no he calculado bien la cantidad de agua que debí meter en la calentadora.
Y he pensado que no hay mal que por bien no venga, y que al menos ahora ya sé, para la próxima, hasta donde no tengo que llenar ese dichoso cacharro.
Pero este “no hay mal que por bien no venga”, y ya me perdonará una vez más el refranero español, estoy empezando a ponerlo cada vez más en duda. Yo, y el resto del mundo. El resto del mundo que ha tenido el placer de conocer a la Historia, por supuesto.
Félix de Azúa hace una llamada a “avivar el seso y despertar” en La Cuarta Página de EL PAÍS de este 13 de diciembre. No diré que esté de acuerdo con su conclusión, para aclarar eso habría que escribir otra disertación más como esta y hoy ya no tengo tiempo. Pero lo que sí me gusta, y mucho, es que se desprende de su artículo una idea que yo no he dejado de reiterar en todas las líneas que sobrevuelan estas palabras.
“Tenemos una memoria adecuadamente frágil como para poder aguantar el peso de nuestra maldad.” dice de Azúa. Hola, damas y caballeros del mundo del siglo XXI, haced el favor de quitarles el polvo a los libros de Historia. Porque os estais dando una leche del copón y ni os estais enterando.
Y entonces va la señora asesora del Ministro de Educación español José Ignacio Wert (fíjense qué paradoja tan graciosa) y llama a la Universidad de las Islas Baleares preguntando que cuánto cobra el señor Ramón Llull.
Señora, es usted estúpida. Y no poco. Se le ha caído el té no una, sino mil veces. Y ahora, otra vez. Pero esta vez se ha mojado usted entera, en vez de mojar la mesa. Y como usted, millones de personas. Oh, y paradójicamente, muchas de esas nos gobiernan. Qué bien.
Y es que no tengo nada más que decir que no sean tacos, y como puedes ser un menor que esté leyendo esto mejor me los callo, que total tampoco son demasiado bonitos ni hacen bien a la lengua.
Barcelona, diciembre 2013

 

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